El
placer de hamacarse y el cerebro arcaico
Sobre
un texto de Rubén Seijas
(terapeuta
corporal, psicomotricista, físico)
En nuestras conductas cotidianas el cerebro arcaico, memoria
prehistórica que se reproduce en el ADN,
aún está presente; por ejemplo en la huida en el caso de que nos
encontremos en riesgo o todas aquellas respuestas asociadas a la supervivencia
y al placer. Una de estas tantas conductas es el acto de mecerse, íntimamente ligado a la estimulación del
aparato vestibular donde se encuentran el 50% de las conexiones neuronales que
existen en el niño al momento de comenzar la bipedestación y la marcha.
Numerosas culturas, si no todas, mecen a sus bebés y
niños de manera innata/ espontánea para calmarlos, dormirlos, cantarles,
arrullarlos. En otras se lleva al bebé
en contacto cuerpo a cuerpo en aguayos, mei tai o mochilitas especiales para
cargarlos que con el solo movimiento de la madre ya presenta un mecimiento en sí
mismo. También es bien conocida aquella técnica o herramienta en que se
balancea a la mujer en trabajo de parto en una tela o hamaca de tela, más conocida
como hamaca paraguaya, para transitar los dolores del mismo y ayudar al bebé a
acomodarse mejor para el alumbramiento (Actualmente muchas doulas y parteras
especializadas utilizan dicha técnica para colocar al bebé en posición cefálica
cuando éste se presenta en posición de nalgas)
Este hamacado es indispensable para el sano desarrollo
psicomotor del ser humano, en el mismo se pone en juego la manera en como la
mamá sostiene al bebé en contacto con su cuerpo, meciéndolo con una cadencia,
ritmo y tiempo propio; entablándose así entre
ambos un diálogo tónico postural. Este mecimiento dejará huellas en el bebé,
quedará impreso en su memoria corporal y será utilizado en distintos momentos
de aprendizaje, como el balanceo hacia adelante y atrás cuando logra la
cuadrupedia e intenta el gateo, el momento de caminar, el auto-mecimiento
cuando necesita calmarse y está solo en la cuna, etc.
Pero también en los adultos está presente de manera
espontánea el acto de hamacarse, mecerse o realizar movimientos de vaivén en
numerosas situaciones, muchas de ellas relacionadas con el estrés. Se ha
observado a estudiantes universitarios realizar movimientos de vaivén en
situaciones de examen o fatiga mental.
En variadas ocasiones se puede ver a madres por ejemplo a la salida del
jardín, meciéndose mientras charlan y de hecho hasta no hace mucho tiempo atrás
había en casi todos los hogares una silla mecedora donde las madres o abuelas
se sentaban a descansar, leer, tejer.
Está comprobado científicamente que el movimiento de
hamacado produce un profundo descanso en el hemisferio cerebral izquierdo (encargado
de los actos racionales) e intercambio
de información entre ambos: hemisferio izquierdo y derecho (asociado a la
intuición y las emociones).
El acto de mecerse produce cambios en la respiración, que
se acomoda naturalmente al ritmo y velocidad
del mismo, regula el tono muscular (Guerda Alexander, pionera de la
eutonía, sugería hamacarse como manera de estimular los mecanoreceptores,
alinear las vertebras de la columna vertebral, regulando así el tono muscular y
la respiración) y ejercita reflejos
arcaicos de prensión, flexión,
extensión, equilibrio (porque se
estimula directamente el aparato vestibular) y dominio espacial.
Existen además de los brazos y el cuerpo materno,
diversos objetos que producen y/ o
favorecen el hamacado. El más conocido por todos es la hamaca o columpio. Ambos
muy útiles en procesos terapéuticos y de rehabilitación sobre todo los
columpios de inversión que favorecen el retorno venoso, la distención de zonas
musculares y modifican la respiración; y es de importancia recordar la estrecha
relación que tienen sobre las emociones la respiración y el tono muscular.
La construcción del tono muscular propio de cada persona
está relacionada justamente con las experiencias que tuvo en su infancia en
cuanto a un buen sostén y manipulación - holding y handling a decir de
Winnicott- y un ambiente propicio para el sano crecimiento;
pues, tal como lo estudió y observó Henri Wallon, las emociones son una manera
de adaptación al medio.
En el grado de tensión del tono se puede apreciar como
una persona se relaciona con el mundo.
La respiración también tiene una importante implicancia
en ello. Por ejemplo cuando una persona está tensa, nerviosa y/o enojada (tono alto) su respiración es más
agitada y corta. Por el contrario si está relajada, serena (tono medio) su
respiración es más pausada. Las personas transitando etapas de angustia o
depresión presentan una respiración corta, casi imperceptible (muchas veces da
la sensación que no están respirando) y el tono muscular es bajo, son personas
con dificultades en tomar lo que el ambiente les provee, tendiendo a encerrarse
en sí mismas.
Concluyendo entonces, el movimiento de hamacado/ el acto
de mecerse en sí tiene sus raíces en el cerebro arcaico y es indispensable para
el sano desarrollo psicomotor de las personas.
Es por ello que,
casi inconscientemente, se transmite de generación en generación en numerosas
culturas el acto de mecer a los bebés y
que es utilizado en numerosas terapias y rehabilitaciones, en este último caso
con sostén de hamacas o columpios de inversión.
Así que lo que resta por decir a niños y adultos: ¡a
seguir hamacándose! Sobre todo a los adultos les puede ser muy eficaz para
volver a conectar con el siempre tan sabio niño interior.
Bibliografía
“El placer de hamacarse y el cerebro
arcaico” Rubén F. Seijas. Universidad Nacional de Lomas de Zamora
“La Eutonía. Un camino hacia la
experiencia total del cuerpo” Gerda Alexander. Ed. Paidós.